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En 1605 Miguel
de Cervantes y Saavedra publicó la primera parte de la
novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, impresa
en Madrid en el taller de Juan de la Cuesta, a cargo del librero
editor Francisco de Robles, con dedicatoria dirigida al duque
de Béjar. Obtuvo un éxito sin precedentes; en este
primer año se lanzaron seis ediciones y fue traducido
al inglés (1612) y al francés (1614). Alonso Quijano,
protagonista de la obra y hombre dado a la lectura de libros
de caballería, pierde el juicio, influido por las hazañas
de sus héroes y decide hacerse caballero, salir en
busca de aventuras e imponer justicia según las normas
de las órdenes andantes. La obra de Cervantes, crítica
aguda de la literatura de su tiempo, planteó el choque
entre la realidad y los ideales que don Quijote pretendía
resucitar, a la vez que creó el tema de la clarividencia
en la locura. En 1614, Alonso Fernández de Avellaneda,
posiblemente seudónimo, publicó en Tarragona un
Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
mientras Cervantes trabajaba en su propia Segunda parte que apareció
en 1615. Leído como simple parodia de los libros de caballerías,
con el romanticismo se reveló la verdadera importancia
de la novela. Considerada estructuralmente, la primera parte,
intercala episodios laterales al argumento principal, aspecto
que le fue criticado a Cervantes en su época y en la actualidad;
el autor se defendió de estos ataques en el capítulo
XLIV de la segunda parte. La crítica influyó mucho
en la estructura de la segunda parte, donde tales relatos desaparecen.
Cervantes domina desde el retablo de maese Pedro, la ilusión
teatral con una fuerza ausente en la primera, que entra a formar
parte de la segunda como una función más de la
narración.
El Quijote es una reflexión
aristotélica sobre la naturaleza de la literatura y la
función social del escritor, Cervantes distingue entre
verdad poética y verdad histórica intentando, mediante
la parodia,delimitar ambas naturalezas: muestra cómo su
falta de diferenciación conduce a la miseria moral de
su héroe y, por tanto, de su público. |